La literatura infantil en España

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1. De los orígenes a los años setenta

La literatura infantil no tiene en España una rica tradición. Los autores contemporáneos, escritores e ilustradores, han desarrollado una tarea de pioneros; hasta fechas no muy lejanas la literatura infantil española, en las distintas lenguas del estado, no se ha configurado como una producción reconocida, estable y sólida.

Finales del siglo XIX

Para entender la presente etapa de la literatura infantil española hay que conocer su largo proceso de gestación, que se inició a finales del siglo XIX. En este siglo, junto a las traducciones de cuentos y narraciones europeas, destacan entre los escritores españoles para niños el Padre Coloma y Fernán Caballero.
Los cambios que el final de siglo produce en la sensibilidad burguesa, tienen su proyección en el ámbito de la literatura infantil, y se concretan en la aparición de editoriales como la de Saturnino Calleja (1876), que promueven publicaciones para niños.


Las obras responden, en esta época, a una concepción idealizada del mundo infantil, son vistas bajo un prisma burgués y conservador y se amparan en los modelos educativos decimonónicos, proliferando los prototipos virtuosos.

Principios del siglo XX

Hacia la segunda década de este siglo, las obras con intención instructiva ceden cierto terreno a las de tono recreativo, aunque la moral, la religión y la conducta social acaparan gran parte de la atención de una producción que diferencia claramente si el lector es niño o niña.
  "Entre 1905 y 1936, la evolución propia de la literatura infantil española hizo posible la transición desde una sensibilidad decimonónica a una actitud que puede considerarse ya como contemporánea."3

Esta nueva sensibilidad tiene su ejemplo en un interesante grupo de escritores:

Los años veinte abren la puerta a las narraciones basadas en la realidad, con niños como protagonistas, ya sin el lastre de didactismo. También en estas fechas aparecen nuevas e importantes editoriales, como Juventud y Aguilar.

Los cambios apuntados y la renovación de planteamientos tendrán a partir de 1931 un fuerte apoyo.

La renovación educativa supone un nuevo concepto de cultura y trae una nueva visión de la infancia y de las publicaciones infantiles. Esta atención a la infancia y a la cultura, lleva también a los primeras actuaciones del Ministerio de Instrucción Pública para crear bibliotecas escolares.

La Guerra civil y la postguerra

El estallido de la Guerra civil supone una ruptura del proceso iniciado y pone la literatura infantil en iguales circunstancias que el resto de la cultura española de ese período: entre la difícil continuidad y la utilización del libro como vehículo propagandístico.

La postguerra frustrará definitivamente las posibilidades más innovadoras que ofrecían las creaciones dedicadas a la infancia y a la juventud. Supondrá también el definitivo alejamiento de España del proceso de desarrollo que seguirá el libro infantil y juvenil en Europa.

A partir de 1945, con el final de la II Guerra Mundial, la literatura infantil europea sufrirá un profundo cambio, adoptando nuevos valores: libertad, solidaridad, autonomía del niño y del joven. La literatura infantil española caminará por sendas bien diferentes durante la dictadura, hasta reencontrar a partir de los años 60/70 estas corrientes europeas.

La literatura infantil en la postguerra española estará marcada por:

Las creaciones literarias para niños en las primeras décadas de la dictadura se ajustarán a rígidos corsés, al servicio del adoctrinamiento político y la exaltación de los valores familiares, en un orden marcadamente religioso y en un obligado canto a los valores históricos del pasado imperial de España. Idealización, mediocridad y ausencia de crítica definen el conjunto de la producción de esta época, con una servidumbre de lo literario a los objetivos educativos.

Introducen un aire fresco con sus narraciones, Elena Fortún "Celia", que sigue publicando a pesar del exilio, Borita Casas "Antoñita la Fantástica" o Emilia Cotarello "Mari Pepa".

Los años 40 conocen también publicaciones de Carmen Conde y Gloria Fuertes, que colabora en revistas para niños. Los años 50, con una cierta liberalización intelectual, favorecen la aparición de escritoras como Mª Luisa Gefaell y Celia Viñas, Premio Nacional de Literatura y Accésit respectivamente en la convocatoria de 1951, dedicada ese año a los cuentos infantiles.

Los años sesenta: inicio del despegue 

El realismo de los sesentaEl levantamiento en 1962 de la prohibición de publicar en las lenguas no oficiales y una corriente liberalizadora, deja traslucir cierta intención de apoyo a la literatura infantil, lo que da origen al crecimiento de las publicaciones. Existe también una apertura a una parte de la producción exterior; se inicia la publicación de títulos ya clásicos de la literatura infantil universal, ausentes en la oferta española, con firmas como Erich Kästner, Astrid Lindgren, María Gripe, etc.

Por otra parte, los movimientos de renovación pedagógica, con especial significación en Cataluña, pugnan por introducir las nuevas corrientes y valores vigentes en Europa. Se crean nuevas revistas y hay un impulso de la industria editorial que favorece la aparición de escritores e ilustradores con aires nuevos.

En los primeros años 60, la literatura infantil escrita en catalán y euskera, tendrá un fuerte apoyo en la escuela, de donde salen también muchos autores. El caso de la literatura en catalán tendrá un especial desarrollo, asentado también en la aparición de Ediciones La Galera (1963).

Esta renovación que aportan las literaturas en otras lenguas del estado, contribuirá también a acentuar el cambio ya iniciado en la literatura infantil en castellano.

Últimos años de la dictadura

Durante los primeros años de la década de los Setenta se profundizará la tendencia al cambio ya apuntada y se evidenciarán más claramente los síntomas de evolución de la literatura infantil.

Esta situación dará como resultado un mayor reconocimiento y dignificación del género y una apreciable actualización de temas de las obras infantiles, así como del tratamiento de los mismos.

Tibiamente la literatura para niños en España, se abre a influencias externas y a nuevas situaciones; valga de ejemplo la concesión del Premio Lazarillo en 1974 a una obra renovadora que tiene como eje el humor y el absurdo, "Los Batautos", de Consuelo Armijo.

Los cambios que se producen en el mundo editorial en estos años previos a la democracia, marcarán también las tendencias más recientes del mundo de la edición para niños, y prepararán la avalancha de ofertas y del "boom" de la literatura infantil en España, vivido en la segunda parte de la década de los setenta y, de manera especial, en los años ochenta.

2. Desde la democracia hasta los noventa

La evolución de la literatura infantil del año, hasta la actualidad se cumple mediante diversas rupturas determinadas por los contextos políticos, sociales y económicos vigentes. De esta perspectiva se explican los cambios en el tratamiento de los temas, la edición, la distribución y la aparición de nuevos autores, géneros y tendencias.

Aun siendo muy arriesgado tratar de sintetizar en unas pocas líneas los procesos de cambio que se producen en España respecto a la situación anterior al 1975 se presentan algunos aspectos que han condicionado decisivamente el desarrollo de la literatura infantil y juvenil.

Contexto político

Restablecimiento de la democracia: 

Contexto social:

Grandes editoriales con un volumen de producción importante, la mayoría de las cuales producen también libro escolar y de texto, aprovechan sus infraestructuras comerciales para introducir el libro infantil en la escuela. La falta de una buena red de bibliotecas públicas que garanticen otra vía de acceso al libro infantil que no sea la escolar dará como resultado una escolarización de la literatura: aparición de guías de lectura y fichas de lectura para uso de los docentes, temas ligados a las áreas transversales, preferencia de autores españoles o autóctonos.5

Surge una cierta institucionalización del libro infantil que perjudicará su calidad y que desvirtuará, en gran medida, su uso.

Numerosas revistas de tema educativo incorporarán temas de la literatura infantil: "Crítica", "Cuadernos de Pedagogía", "Comunidad Escolar", "Comunidad Educativa"...

El crecimiento en el número de autores, tanto en castellano como en otras lenguas, es notable; los ilustradores españoles son reconocidos internacionalmente; sin embargo encontrarán problemas para publicar en formato de álbum. La necesidad de conseguir unos precios asequibles para la escuela lleva al editor a presentar sus libros o bien en formato bolsillo o bien a intentar abaratar los costes, lo que hará que este producto no tenga el desarrollo necesario en nuestro país.

Contexto económico

Producción:

De 694 títulos de literatura infantil aparecidos en 1965 se pasa a 3.942 títulos en 1984, y aunque el ascenso en estos años no ha sido constante, hasta el año 1987 la aparición de títulos no ha cesado de crecer. Así surge el llamado "boom de la lteratura infantil", con un aumento constante en títulos y ejemplares.


La producción en el sector infantil y juvenil en el 1987 registró un descenso pero todos los observadores y editores lo consideran como un índice corrector a una sobreabundante producción que el mercado no era capaz de absorber.

Aparecen empresas editoriales que se dedican parcial o exclusivamente a la producción de libros infantiles y juveniles y surgen colecciones que todavía perduran en los noventa (Austral, Cronos, Altea, Catamarán, Duende verde...). Muchas de estas colecciones son de libro de bolsillo, con lo que el álbum sigue relegado del mercado de la edición infantil en España.

El libro infantil encuentra nuevos caminos de comercialización a través del kiosko y apoyado en campañas televisivas, y la prensa nacional dedica algún espacio específico en sus páginas generales, especialmente los fines de semana. Con todo, el libro infantil español no se introduce con facilidad en los mercados internacionales por deficiencias estructurales del sector.6

Los noventa:

Dejando atrás el boom de los ochenta, la avalancha de títulos ha ido frenándose lentamente y, aunque se tenga en cuenta el peso de factores como la crisis económica o el descenso de la natalidad, los expertos están de acuerdo en señalar que esta ligera tendencia a la baja no hace sino mostrar el reajuste de un sector en el que aún se publica demasiado.7

Algunos editores y lectores señalan que se ha producido un estancamiento en la creatividad y en la originalidad y que el mimetismo entre colecciones y autores es muy marcado. Se mantienen más títulos vivos en los catálogos y se realizan constantes reeediciones y reimpresiones.

Disminuye la calidad en la oferta. Se ha producido también un reajuste en el número de editoriales que se dedican al libro infantil y así permanecen activas las que, apoyadas en el libro escolar, tienen una buena implantación en las escuelas y otras que por su especialización pueden considerarse minoritarias y atienden a un pequeño sector. Con pocos títulos y bajas tiradas aseguran su cuota en el mercado porque no tienen competencia.

Lo mismo sucede en el caso de editoriales que trabajan casi exclusivamente el álbum ilustrado, que ha caído definitivamente en los noventa, lo que ha provocado a su vez cierta crisis entre los ilustradores, que deben salir de España para realizar libros de gran tamaño.

La influencia de la TV y el marketing tiene más fuerza que en los ochenta y aparecen una gran cantidad de productos que o bien acompañan al libro, o el libro aparece entre otros muchos productos: juguetes, vídeos, cassettes, que conforman un producto único: el pack. El consumo alcanza también al libro. La exigencia de una cultura técnico-científica ha dado lugar a la aparición en los años noventa con gran fuerza del libro documental.

Generalmente procedente de traducciones inglesas, su edición se ha visto frenada en los últimos años, después de una irrupción masiva en el mercado. Debido a las políticas del mercado, el libro infantil se ha sectorizado de tal manera que aparecen libros dirigidos a grupos de edades cada vez más inferiores: a primeros lectores, niños de 0 a 3, ...y se consolida la literatura juvenil dirigida a un público entre 13 y 17 años que todavía no lee literatura de adultos. Esto trae como consecuencia entre otras, la aparición de una nómina abundante de jóvenes escritores que supuestamente conectan mejor con el público al que dirigen sus obras.

El resultado de la sectorización de la producción es un libro muy estereotipado dirigido supuestamente a un lector también estereotipado. La edición imita a la edición y resulta poco creativa. Como ya hemos señalado, la escolarización del libro infantil es su mayor lastre y quizá su única posibilidad de subsistir en una sociedad en la que las infraestructuras bibliotecarias no han crecido suficientemente ni las bibliotecas escolares se han implantado, en la que las necesidades culturales de los niños se han reducido a las escolares.

La escolarización ha dado lugar a una reducción en las traducciones ya que los profesores recomiendan autores que puedan llevar a los centros escolares a través de las editoriales.

El libro infantil encontraría su verdadero espacio dentro de la escuela en la biblioteca escolar, donde se accede a él sin prescripción y los alumnos podrían señalar sus verdaderas preferencias. El libro-juego (como por ejemplo la colección "Elige tu propia aventura") tuvo a principios de los noventa un gran impulso. El libro como artilugio para buscar, desplegar, manipular, etc... y la creación literaria en CD-ROM constituyen algunas de las novedades más destacables de los noventa.


3. El debate sobre la literatura juvenil

 Cuando ya nadie cuestiona la existencia de una literatura específicamente infantil, el debate se ha desviado hacia el sector juvenil. En los últimos años, la publicación de gran número de obras dirigidas a un público de 14 a 18 años ha supuesto un auténtico fenómeno editorial. La reciente implantación de la reforma educativa, con la ampliación de la escolarización obligatoria hasta los 16 años, ha reforzado esta situación, incentivando el desarrollo de una literatura hecha a medida de las nuevas orientaciones didácticas: lecturas accesibles y significativas, temas propios del mundo juvenil, apoyo a las áreas transversales...

El debate surge cuando se enfrenta este tipo de literatura, cuya calidad artística es, en ocasiones, discutible, con la literatura para adultos: ¿Es preciso publicar obras específicas para estas edades? ¿Son sus aportaciones suficientes para legitimar el género? ¿Pueden suponer una barrera para la madurez lectora del adolescente?

Aunque desde la Grecia clásica pueden encontrarse interesantes antecedentes de la literatura juvenil (textos literarios dirigidos al cultivo del intelecto y la sensibilidad)8, sólo desde finales del siglo. XIX, cuando comienza a hablarse de la adolescencia como una etapa con peculiaridades psicológicas, hay ejemplos claros de obras dirigidas específicamente a este público: "Así, no sólo Defoe o Swift, también Wells, Chesterton, Stevenson, Twain, Burnett, Alcott, May, Burroughs, Doyle y muchos otros han constituido durante años el patrimonio literario del adolescente".9

En estos clásicos juveniles, podemos encontrar ciertos rasgos comunes que los han convertido en lectura predilecta de varias generaciones de adolescentes:

Sin embargo, el punto de arranque de una literatura que refleja como un espejo el modo de vida de los jóvenes (más allá del ideal heroico o la aventura) es bastante posterior. Pablo Barrena lo sitúa en 196710, año en que se publicó "Rebeldes", de S. Hinton11, una obra emblemática del género y cuyo éxito sirvió de impulso para el surgimiento de nuevos escritores y la apuesta de las editoriales por el sector juvenil. En los últimos años, este género ha vivido un desarrollo espectacular en nuestro país, con la aparición de múltiples colecciones específicamente juveniles.

En todas ellas, encontramos una serie de elementos comunes, cuya confluencia constituye, en definitiva, la especificidad de este género:

En cuanto a los argumentos:

En cuanto a los géneros:

En cuanto al estilo:

En cuanto a la presentación y el formato:

Tales características definen un tipo de literatura dirigida a un lector con unos intereses muy determinados, ampliamente estudiado por las editoriales y, sobre todo, por el propio autor. El análisis de los rasgos psicológicos de la adolescencia es, así, el punto de partida para la producción de textos que buscan dar respuestas, en una edad de incertidumbres e interrogantes.

Este es uno de los principales puntos de crítica para los detractores de este género: la presencia de unos rasgos tan definidos puede simplificar la creación literaria, llevando a desarrollar, más que un género, un mero estereotipo literario, basado en fórmulas comerciales.

Felicidad Orquín advertía, en 1985, de la posible simplificación de la realidad del adolescente, al presentar todo desde el plano de las relaciones interpersonales. "En buena medida, muchos son libros modélicos con su resolución final y están abocados, por su misma estructura, a un nuevo conformismo".12 Para Alejandro Delgado, el carácter formativo de estas obras es más que discutible "¿de verdad todos nuestros jóvenes están realmente de psiquiátrico? ¿Recordamos alguno de nosotros, adultos más o menos bien constituidos, haber hallado la resolución de un problema en la lectura de una novela, por muy iniciática que ésta sea?".13 Este autor denuncia, así, la inutilidad del didactismo en la creación literaria, señalando, además, el posible peligro de degradación cultural que la sustitución de modelos de lectura puede provocar. En una línea opuesta, Luis Díaz afirma que "la escritura se elabora siempre para alguien".

No cree que la literatura deba responder a necesidades educativas, sino artísticas pero, como toda obra de arte, proporciona conocimiento, experiencia, además de placer. En ese sentido, reivindica una literatura juvenil "lúdica, sensibilizadora, creadora, e instrumento de comunicación con el adulto".14 Emili Teixidor valora del mismo modo la literatura juvenil, afirmando que "la importancia de la literatura no radica en la moral que puedan contener, sino en el hecho de que, a través de sus lecturas, los jóvenes pueden desarrollar su identidad y escoger su lugar en el mundo. [...] La literatura, la ficción, es un elemento esencial para una comprensión completa de la realidad".15

Respecto a la calidad artística de las obras para jóvenes, Pablo Barrena denuncia su progresiva degradación: "No hace muchos años se editaba y se leían obras de más nivel artístico que en el presente [...] se implanta, cada vez más, una narrativa planta, veloz, atenta sólo a distraer".

Sin embargo, Barrena señala que esta situación no debe llevar a los profesores a rechazar la literatura juvenil, sino a investigar entre los numerosos títulos existentes16 "porque todavía hay muchas aventuras que disfrutar en el terreno de lo juvenil".17

Andreu Martín defiende la necesidad de que exista este tipo de literatura del mismo modo que cree necesaria cualquier otra forma de literatura popular: su objetivo es difundir la afición por la lectura, sin paternalismos, dejando que sea el propio lector quien desarrolle sus propios criterios.18

Por encima de polémicas y posibles encasillamientos, Juan Cervera defiende la necesidad de contemplar la heterogeneidad de los adolescentes: "Más que establecer fronteras, hay que producir abundantes obras en las que se gradúen las dificultades, para que todos los lectores puedan escoger las que más se les acomoden".19

Esto afecta, tanto a los autores, que deben conocer a fondo el mundo juvenil, como a los profesores, que han de ponerse al día en el conocimiento de la literatura juvenil y promover experiencias gratificantes en torno al libro. El conocimiento de las obras juveniles, por parte de los profesores y la necesaria atención a la diversidad en las propuestas de lectura, han de estar apoyados en actuaciones concretas de animación a la lectura.

  • "Se trata de conseguir que los niños y los jóvenes se hagan adictos a la lectura, pero no a la lectura infantil o juvenil. [...] No sólo se trata de leer más, sino de leer mejor sabiendo lo que se lee y eligiendo con sólido criterio lo que se va a leer. No sólo debemos formar buenos lectores, sino que debemos conseguir lectores de buena literatura".20

    El principal valor de la literatura juvenil es su accesibilidad: puede despertar el interés hacia la lectura, suavizando el "vértigo" de muchos adolescentes frente a lo impreso. Esta importante cualidad no justifica el arrinconamiento del lector frente al espejo de su mundo, sino que puede ayudar al educador a abrir horizontes de lectura y proyectar al adolescente hacia nuevos ámbitos de estética y comunicación. El objetivo es "afinar el oído para percibir sus aspiraciones y abrir caminos imaginarios que puedan transitar con la ilusión de sentirse capaces de continuar la evolución de nuestro mundo hacia metas cada vez más humanas. En compañía de las palabras".21