Anexo > "Una solución de continuidad" por Ignacio Armada Manrique |
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La Historia de la Humanidad es también, en buena medida, la
Historia de la evolución de una serie de inquietudes y de las
soluciones que se han ido aportando a las necesidades generadas por
éstas. Si el ser humano puede ser descrito de forma abstracta,
no es a través de términos como el de "animal político"
tanto como por conceptos como el de "animal simbólico",
ya que, desde el principio de los tiempos, nuestra existencia es la
narración de una lucha por lograr mecanismos de representación
de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.
En la historiografía sobre
el Séptimo Arte, es generalmente habitual, al menos en España,
mencionar de forma vaga algunos casos referidos a los comienzos
de la singladura de la Humanidad, como antecedentes de la creación
de un sistema de plasmación de la imagen en movimiento. Uno
de ellos son las pinturas rupestres de las cuevas de Altamira;
otro, la famosa Columna de Trajano. Tales ejemplos suelen
mencionarse apresuradamente, quizás en un intento de zanjar
la cuestión y poder empezar velozmente la descripción
de los innumerables artilugios que, a lo largo del siglo XIX, constituyen
los preliminares del cinematógrafo.
Sin embargo, estas cuestiones se nos revelan cada día más
fundamentales para comprender la naturaleza de lo que hemos dado
en llamar la narración audiovisual, y las relaciones que
comporta con sus creadores y su público. Desde el comienzo
de nuestra Historia, ésta puede y debe ser descrita como
una pugna por obtener de la realidad un procedimiento para describir
gráficamente esa realidad y dotarla de vida.
El cine puede ser testimonio del
mundo, y también sublimación del mismo a través
de la ficción y la fantasía. Pero, de una u otra forma,
constituye el sistema más creíble, hasta ahora encontrado,
para tener una visión aproximada de lo que nos rodea. Y esto
es un hecho incontrovertible cuyos orígenes están
enraizados en la misma esencia del ser humano.
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El artista primitivo que pintó animales y remedos más
o menos sincréticos de cazadores en las cuevas santanderinas,
no los representó con cuatro patas y dos piernas, respectivamente,
sino justo con el doble. Podemos, de forma irónica, considerar
que no tenía el pulso muy firme, el trazo muy despejado,
o las nociones de anatomía muy claras. Pero también
podemos ya especular con la idea de que trataba de plasmar el movimiento
de unos y otros, de simular evidencias de la cinética
de los seres vivos.
Sería algo aventurado si no fuese por los numerosos casos
que tenemos la posibilidad de rastrear entre los vestigios de las
antiguas culturas, que nos hablan ya de una pulsión humana
por dominar una forma de recreación gráfica de la
realidad, en la que igualmente podemos ofrecer la mejor prueba de
la vida: el movimiento.
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Para conseguir esto, ha de elaborarse, como ocurrirá con
el paso de los siglos, el concepto de secuencia. La secuencialidad
es la base de la narración gráfica, y por extensión,
de la audiovisual. La Columna de Trajano, en la que se conmemoran
los logros y victorias del Imperio, es ya una prueba de secuencialidad
simple, con escenas que incluyen una cronología establecida,
rodeando toda la superficie de esta erección arquitectónica.
Es la misma secuencialidad gráfica que observamos en los
muros de las terrazas superiores del mausoleo de la reina egipcia
Hatsesup, en el Valle de las Reinas, con relieves que narran historias,
acompañados de escritura jeroglífica comentando el
contenido y desarrollo de las escenas. Y aún llegando más
lejos en estas consideraciones, en todo esto late la misma búsqueda
y expresión formal que hallamos en los papiros conservados
en el Museo Histórico de Viena. Papiros que cuentan historias
visualmente, y cuyas escenas, en las que formas simbólicas
representan seres humanos, están limitadas por líneas
y barras, y acompañadas de escritura, como un avance de las
futuras didascalias del lenguaje del cómic.
La repetición de estos intentos, en lugares y épocas
tan diversas, no puede ser casual. Desde los primeros tiempos, el
ser humano precisa de un procedimiento para encasillar, mostrar
y comentar la realidad, así como parcelarla y seleccionar
de la misma lo necesario para crear signos y símbolos cuyo
uso y manipulación suponen una alegoría viva de dicha
realidad.
Todo ello empieza a tomar una forma
y sentido claros, junto con sus implicaciones artísticas
y socio-políticas, a partir de la Edad Media. Para el ciudadano
actual, es difícil hacerse una idea completa de lo que percibía
el vasallo medieval al entrar en una iglesia o catedral. Nos hemos
habituado a vivir en un mundo de representaciones audiovisuales,
y a que dichas imágenes conlleven una expresión más
o menos explícita de sus significados. Pero las personas
de la Edad Media, en una Cristiandad aislada, sin sistemas
fiables de comunicación, y con un porcentaje elevadísimo
de analfabetismo, la difusión de las ideas no dependía
de otra cosa que del centro de difusión del momento: los
lugares sagrados, los recintos de culto. Es lugar común afirmar
que los conventos se convirtieron en los centros de salvaguarda
de la cultura, en los depositarios de la sabiduría. Pero
de nada sirve tener un depósito de lectura, si los usuarios
no saben leer. Para conocer el mundo, para poseer una visión
sin fisuras de la realidad, el hombre y la mujer del Medievo acudían
a los espacios eclesiásticos, que estaban entonces en poder
de la interpretación del universo que nos rodea. Allí,
los fieles se empapaban de ese conocimiento a través de la
representación gráfica de las Escrituras, de
la presencia de imágenes en forma de tallas, esculturas,
frescos y grabados en piedra, como nos han demostrado, desde disciplinas
tan distanciadas como la Historia de la Cultura y el Ocultismo,
pensadores como Arnold Haüser o Fulcanelli. Es muy significativo
observar cómo el punto central de la nave principal de las
catedrales suele ser la sillería del coro, y cómo
la mayoría de ellas están profusamente decoradas con
relieves de escenas de los textos bíblicos o de historias
sacras, de argumentos de ontología y escatología de
la Humanidad. La gran mayoría de estas decoraciones están
concebidas siguiendo ordenaciones cronológicas con los mismos
escenarios, pero con diferentes fases de una misma acción.
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Y, con la Edad Moderna, lo
ya intuido se hace realidad. La representación de la realidad
queda entonces confiada a la Pintura, el medio hasta entonces más
fiable de conseguir visiones e imágenes fidedignas de la
vida. No es ocioso que los temas más frecuentados sean religiosos,
mitológicos, históricos, paisajísticos o las
diferentes formas y tratamientos del retrato. La pintura sirve
para conservar imágenes de batallas y victorias para
la Historia, para instruir con narraciones morales a los que las
contemplan, y también para informar sobre parajes o lugares
que la sensibilidad del artista desea compartir con los espectadores.
Y, por descontado, tiene la utilidad de retratar a sus mecenas,
no sólo para halagar su vanidad, sino también para
ofrecer a los súbditos una imagen del poder, ya sea un aristócrata,
un rey, un Papa o un personaje señalado.
Los formatos de la Pintura se adaptan
al fin al que está destinada; de ahí los grandes lienzos
para decorar palacios de la nobleza e instituciones gubernativas
y reales. Sin embargo, también se adaptan a las pretensiones
de dotar de movimiento a dichas representaciones: de ahí
las nada infrecuentes series de cuadros sobre un mismo tema, o incluso
los retablos, dípticos y trípticos que sugieren la
existencia de acciones paralelas, y con ellas, la existencia de
vida y desarrollo de secuencias.
El arte pictórico predomina
de esta forma hasta las postrimerías del XVIII, época
en la que otros formatos y modelos tomarán el testigo para
preconizar el sueño del cine. Es difícil creer que
en la Historia sucede algo por accidente; otra cuestión es
que no dispongamos de todos los datos para comprender un proceso
en toda su complejidad, y decidamos atribuirlo a la Fortuna. La
llegada de la Edad Contemporánea
asiste al declive de la pintura como mecanismo de representación,
durante toda la primera mitad del siglo XIX, por causas relacionadas
con el ascenso de una nueva clase social: la burguesía.
Esta burguesía que se convierte en el principal agente económico,
y que reemplaza a los antaño poderosos a la hora de encargar
cuadros y dibujos. Una clase social en alza que posee hogares más
recoletos y de menores dimensiones, y que obliga con ello a los
artistas a crear con formatos diferentes. Es muy revelador fijarse
en estilos pictóricos novedosos entonces, como la pintura
"de tablita" francesa, que se relacionan con los trabajos
realizados para casas burguesas. El reducido formato condiciona
igualmente la temática, y nadie quiere un paisaje o una imagen
de un conflicto armado en una tela de pocos centímetros cuadrados.
Lo que corresponde es volcarse en retratos familiares, en visiones
de la vida cotidiana. Y esta continua reducción de los motivos
de los que la Pintura dispone para sus recreaciones culmina cuando,
a mediados de la década de 1820 a 1830, Daguerre hace público
el invento de la fotografía
y Roget explica a la comunidad científica el principio
de la persistencia de la visión, o persistencia
retiniana, en el que se basará la ilusión del
movimiento cinematográfico mediante el cálculo del
paso rítmico de fotogramas.
La Fotografía hurta a la Pintura la potestad de representar
y manipular la imagen del mundo, y a ésta sólo le
va quedando, paulatinamente, el camino de la abstracción.
Un camino que emprenden vanguardias como el Impresionismo a partir
de la mitad de la centuria decimonónica, y que se hace patente
a comienzos del XX, cuando ya el cine es un modelo que no permite
otras formas de plasmación de lo vivido ni del movimiento
recreado. En creadores plásticos como Monet advertimos incluso
que en el inconsciente colectivo de las personas que viven sus días
ya está latente la necesidad de un invento que resuelva no
sólo el proporcionar una imagen de la realidad, sino una
imagen viva. Cuando decide pintar una perspectiva urbana de una
iglesia de París, lo hará en una serie de más
de 200 variaciones sobre la Catedral de Rouen
(1892-1894) con el mismo encuadre, pero un estudio de la
luz diferente, según la hora del día. Colateralmente,
lo que se está ventilando aquí es el estudio del
paso del tiempo, del paso de la acción o secuencia, sobre
un escenario y unos actores dados.
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Expresada nítidamente la
necesidad, y presente ya en todos el interés, sólo
queda que la tecnología evolucione de forma natural hacia
la creación del artilugio que responda a lo que ya la Humanidad
requiere. La creación del Cine será entonces, con
gran celeridad, una sucesión de descubrimientos, perfeccionamientos
y constataciones de la Fotografía, la Ciencia y el mundo
del espectáculo, para confluir todos en una sola dirección.
Aunando los cada vez más desarrollados sistemas de proyección
(desde la Linterna Mágica de Kircher y los Dioramas
hasta el Teatro Óptico o los paneles de los romances
de ciego), junto con los juguetes que simulan la ilusión
de movimiento (zootropos, praxinoscopios,...) y las
aplicaciones de la fotografía en el campo del ocio, el fruto
germina y está maduro para ser recogido.
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Antes afirmábamos que podemos suponer que nada en la desenvoltura
de la Historia es casual. En 1895, fecha oficial del nacimiento
del Cine y de la cultura audiovisual, también datamos
la aparición de la Historieta Gráfica, también
denominada cómic o Noveno Arte. Otro procedimiento
narrativo basado en la representación gráfica, en
la selección de puntos de vista, y el ejercicio de la secuenciación.
La Humanidad ya está preparada y dispuesta para iniciar un
nuevo capítulo en la azarosa lucha por mostrar y manipular
la imagen del universo. Con el Cine, logrará incluso trasplantar
el mundo a las propias salas, entrando en lo que algunos llaman
el camino de la hiperrealidad, espectáculos más reales
que la vida misma. El alcance, tal vez definitivo, de una búsqueda
que se ha revelado, como el propio mecanismo del cine, una eterna
solución de continuidad.
Ignacio Armada Manrique
Profesor de Historia del Cine en la Universidad San Pablo CEU de
Madrid.
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