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"La primera víctima de la guerra es la verdad".
Esta famosa sentencia pronunciada en 1917 por el senador estadounidense
Hiram Johnson se ha convertido ya en un clásico a la hora
de evaluar el papel de los medios de comunicación en los
conflictos bélicos (por supuesto no hay que pensar por exclusión
que el resto del tiempo los medios sirven a la verdad, los intereses
servidos son siempre los mismos si bien esto se agudiza en periodos
de guerra).
Johnson se refería a la actuación de los medios en
la Primera Guerra Mundial, pero a tenor de lo que veremos la frase
podía haber nacido en cualquier otro enfrentamiento armado.
Según recoge Gerardo Albarrán de Alba , ya en la Guerra
de Crimea (1854) la aparición de la prensa popular fue acompañada
de una censura por parte de los estados; esta recayó especialmente
sobre las imágenes con el supuesto fin de no alarmar a las
familias de los soldados.
También es sabido que en el desencadenamiento de la Guerra
de Cuba de 1898 jugaron un papel fundamental los diarios sensacionalistas
de William Randolph Hearst. Enviado un reportero y dibujante a La
Habana para captar el clima, éste solicita a Hearst su vuelta
a casa ante la falta de hechos de los que informar: "Todo
en calma. No habrá guerra", argumentó. A
lo que el empresario periodístico, retratado por Welles en
Ciudadano Kane, contestó:
"Ruégole se quede. Proporcione ilustraciones, yo
proporcionaré la guerra".
Pero no sólo la prensa tendría una labor protagonista
en este conflicto, también el cine, que ya desde sus primeros
pasos ligaría su historia a la de las sucesivas guerras.
Según relata Gubern en su Historia del Cine, "la
guerra hispano-norteamericana hizo nacer, con violencia rabiosa,
un género nuevo, el de la propaganda política, que
se arrastrará ya para siempre a lo largo de toda la historia
del cine" .
Para la Primera Guerra Mundial, en el bando norteamericano se estrecharía
la relación entre medios de comunicación y ejército
con la creación del Comité de Información Pública.
Según afirma Albarrán en el artículo ya citado,
"su función básica fue 'vender' la guerra al
público estadounidense; la principal herramienta fue el cine".
En los años 20, el cine soviético (Pudovkin, Eisenstein...)
se convertiría en una extensión de la voz del Gobierno
Revolucionario, que descubrió que el cine era el mejor medio
de comunicación de masas para transmitir su mensaje a la
población (por entonces mayoritariamente analfabeta). Igual
sucedería en la Alemania nazi, donde los documentales creados
por Leni Riefenstahl (en especial El triunfo de la voluntad,
1936) retratarían magistralmente, como no podía hacer
ningún otro medio, la esencia del Tercer Reich.
Hollywood y La II Guerra Mundial |
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Pero sin duda será la Segunda
Guerra Mundial la que marque más definitivamente la historia
de un medio de comunicación como el cine. La segunda edad
dorada de Hollywood, los años 40 y 50, estará absolutamente
determinada en su desarrollo por el conflicto bélico y sus
consecuencias, que supondrán la afirmación definitiva
de Estados Unidos como primera potencial mundial y que darán
pie a su enfrentamiento con la Unión Soviética en
la "Guerra Fría". El bombardeo de Pearl
Harbour fue el detonante que puso en pie de guerra a toda la nación
estadounidense, y con ella a toda la industria del cine.
Los tres grandes del Hollywood de entonces, Capra, Ford y Wyler,
serán literalmente reclutados para la producción de
propaganda bélica a través de documentales dirigidos
a explicar al país las razones de la lucha y los caminos
hasta la victoria final. Destaca la importante serie documental
supervisada por el primero Why we fight
(1942-1945).
Los largometrajes de ficción surcarán la misma senda,
aunque dentro del patrioterismo fácil algunos mantengan cierta
calidad cinematográfica. Destacan títulos como La
señora Miniver (Wyler, 1942), "himno dedicado
a la combatividad inglesa realizado para compensar los sentimientos
antibritánicos nacidos en el país tras la caída
de Tobruk" en palabras de Gubern ; El
sargento York (Hawks, 1941) u Objetivo
Birmania (Walsh, 1945).
La guerra impondrá la censura, los temas bélicos y
sus derivados (Casablanca, Curtiz
1943) pero también los filmes con finalidad moralizante (Qué
verde era mi valle, Ford 1941), y será la causante
de la venida de numerosos cineastas francesas, entre ellos Jean
Renoir y René Clair, aunque sus obras no brillarán
a la altura de su etapa europea.
El final de la contienda traerá ciertos aires de libertad
y cine crítico, y así se tratarán temas como
el trauma post-guerra, el latente racismo y el creciente antisemitismo.
De esta época son Los mejores años
de nuestra vida (Wyler, 1946), Encrucijada
de odios (Dmytryk, 1947) o La barrera
invisible (Kazan, 1947).
Pero esta corriente de criticismo duraría poco, pues la "Guerra
Fría" se aproximaba y con ella la "caza de brujas",
que afectaría sobremanera a Hollywood. La presión
ejercida por el senador McCarthy y su Comisión de Actividades
Antiamericanas tendrá un inmenso efecto castrador sobre la
producción de los estudios, que en aras de demostrar su "americanismo"
llegarán a extremos ridículos en pos de la autocensura
y la propaganda anticomunista.
Esta persecución marcará para siempre la carrera de
directores como Kazan y Dmytryk, y supondrá la marcha a Europa
de otros como Chaplin y Welles. Pero en una suerte de "no
hay mal que por bien no venga", también será,
según defiende Gubern, una de las causas del auge del cine
negro, "la corriente más densa y homogénea
del cine americano de posguerra" .
La Era de la Televisión |
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La relación entre el cine
y el Ejército estadounidense seguirá siendo muy estrecha
hasta nuestros días. Según documentos militares publicados
en 2001 y recogidos por diversos medios , el Pentágono ha
venido imponiendo cambios desde entonces en los guiones de Hollywood
a cambio del uso de su material bélico o de permisos para
rodar en sus instalaciones, conscientes de que las representaciones
de sus Fuerzas Armadas en estos filmes son para ellos una especie
de anuncios publicitarios. Así, películas que han
obtenido colaboración han sido De
aquí a la eternidad, Patton, Top Gun, La colina de la hamburguesa,
Algunos hombres buenos, Air Force One, Pearl Harbour y Tras la línea
enemiga entre otras muchas, mientras que Apocalypse
Now, Oficial y caballero, Platoon, La chaqueta metálica o
Forrest Gump, por mencionar algunas, no contaron con tal
beneplácito.
Pero será sin duda la televisión la que protagonice
el resto de conflictos armados del siglo XX. La falta de control
absoluto sobre la información, en especial sobre la televisiva
con sus terribles imágenes, será una de las causas
esgrimidas internamente por el gobierno estadounidense para justificar
la derrota en Vietnam. Además, el hecho de que la población
civil pudiese ver directamente los desastres de la guerra terminó
con el glorioso y edulcorado retrato épico que el cine había
construido hasta entonces.
Aquélla falta de control, sin embargo, no volvería
a repetirse en la Guerra del Golfo, conflicto sometido a una férrea
censura informativa y que lanzará a la fama a la única
fuente autorizada, la CNN. En esta guerra más que en ningún
otra, la televisión será un arma más, si no
la principal, de la maquinaria bélica norteamericana.
El 11-S y la Educación para los Medios |
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El primer gran conflicto bélico
del siglo XXI será el desencadenado por Estados Unidos a
raíz de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono
del 11 de Septiembre de 2001. El papel de los medios, en especial
de la televisión, será una vez más determinante
en el devenir de los acontecimientos. La nueva "guerra"
les brinda oportunidad para mostrar todo su poder en la interpretación
y construcción de la realidad. Pero también nos ofrece
a todos los interesados en la visión crítica de los
medios un caudal de nuevos ejemplos para alimentar nuestros análisis.
Sin olvidar todo lo dicho hasta ahora, queremos cerrar este breve
artículo apuntando algunas cuestiones para el debate y la
reflexión sobre el papel de los medios a partir de su actuación
en este nuevo conflicto bélico.
Una primera cuestión que no debe pasar desapercibida es la
que oculta esa frase repetida hasta la extenuación: "...
a partir del 11 de septiembre". Desde el primer momento todos
los medios nos persuadieron de que ese día comenzaba todo,
esa fecha era el desencadenante de todo lo que iba a ocurrir después.
Los medios, en una de sus labores habituales, lo primero que hicieron
fue construir el escenario, el marco en el que se iban a desarrollar
los acontecimientos venideros. Quedaba claro que EEUU era la víctima
de un ataque y que ese acto de terrorismo justificaba su respuesta.
Muy diferente hubieran sido las cosas si se entiende el 11S como
un episodio más de una larga historia comenzada mucho tiempo
atrás. Pero al marcar esa fecha como el inicio de todo, no
hay sitio para el pasado y los medios se aseguran un control absoluto
sobre la construcción del presente y del futuro, únicos
tiempos existentes.
En cada debate mediático del día a día, podemos
tener una sensación engañosa de cierta pluralidad
cuando oímos puntos de vista dispares. Lo que no vemos tan
fácilmente es que esas opiniones están siempre dentro
de un marco previamente establecido, con sus reglas, en connivencia
siempre con los poderes político-económicos. Dentro
de ese espacio se puede permitir cierta diversidad, pero el marco
de actuación y de interpretación ya viene dado y no
es modificable.
En la crisis actual, el primer pilar del marco en establecerse fue
la fecha de comienzo de la nueva situación. A modo de una
marca publicitaria, los medios consiguen el posicionamiento de una
fecha en nuestras mentes, apoyado por unas imágenes de tal
potencia que ningún publicitario se hubiera jamás
atrevido a imaginar.
Una vez fijado el escenario se ponen las luces, y se decide qué
puede ser visible y qué no. La gestión de la disyuntiva
visibilidad/invisibilidad es uno de los grandes poderes que la sociedad
otorga a los medios de comunicación. Estos detentan en sus
manos la linterna que alumbra o deja en la oscuridad la parte del
escenario que les interesa. Hasta tal punto es así, que muchas
veces vemos cómo determinados actores generan "explosiones"
para poder tener una luz propia con que ser vistos. Este es el caso
de los terroristas -que aprovechan la cobertura para extender el
terror-, y elevado a la categoría de destello cegador, este
fue el caso de los atentados del 11 de septiembre, planeados y perpetrados
en la más pura lógica de la sociedad capitalista y
del espectáculo creada por Occidente.
Una vez recuperado el escenario por parte de los medios, montan
su propia iluminación: luz para las exaltaciones patrióticas,
para los comentarios y análisis que respetan el marco fijado,
para las muestras del poderío estadounidense; sombra para
las opiniones discordantes, para las imágenes que puedan
desmovilizar a la población, para las interpretaciones que
se salen del marco iluminado, para las manifestaciones pacifistas
que no convierten su dolor en venganza.
Otra cuestión para la reflexión es la dependencia
absoluta que la televisión presenta de la imágenes,
como hemos podido presenciar en este conflicto. Más allá
de la repetición hasta la extenuación de las imágenes
del atentado el primer día, justificada por su espectacularidad
y por la falta de otras para rellenar los monográficos informativos
más largos jamás realizados, el recurso a ellas en
días sucesivos, con tiempo ya para la planificación,
cuando ya no aportan nada nuevo, cuando sólo recuerdan la
tragedia, el recurso a ellas una y otra vez, decimos, revela una
dependencia perversa de las imágenes por parte del medio
televisivo, normalmente a costa de la propia información.
La espectacularidad de las imágenes del atentado, su poder
aturdidor para la mente, casi hipnótico, el razonamiento
más complejo que pueden despertar en nuestra razón
es un mecánico "no es posible". La fuerza de estas
imágenes llena toda nuestra atención. Y, como de hecho
ocurrió, tienen el poder hipnótico para llevarnos
a verlas una y otra vez como si fueran la primera. Este efecto sobre
el espectador impide que éste se encuentre en condiciones
óptimas para recibir información, invalidando el esfuerzo
que en este sentido pueda hacer el medio. La dependencia de las
imágenes fagocita la finalidad informativa, convirtiendo
al televisor en un escaparate al servicio del espectáculo
de las imágenes.
Ahora bien, ante el deslumbramiento producido por estas imágenes
el receptor puede no estar preparado para procesar información,
pero sí está desarmado racionalmente para recibir
mensajes que integrará sin pasarlos por la conciencia crítica,
en esos momentos adormecida por el impacto visual. Esta situación
acrecienta más si cabe la responsabilidad del periodista,
si bien éste es el primero que aturdido por los hechos no
es capaz de reaccionar a la altura de lo que sería deseable.
A este mal uso de imágenes impactantes hay que sumar otro
condicionante autoimpuesto por los medios, que si a diario ya es
una de sus principales debilidades, ante estos acontecimientos es
determinante para explicar la baja calidad de la información
generada: la velocidad.
La necesidad de ser los primeros frente a la competencia, la necesidad
-¿qué necesidad hay?- de hacernos vivir los acontecimientos
en directo y la necesidad de llenar horas y horas de informativos
sin tener nada que contar -simplemente por crear una falsa apariencia
de mantenernos informados- lleva a los medios a imponerse una velocidad
innecesaria a la hora de difundir datos y hechos, en perjuicio de
la calidad de la información.
Despedida |
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Hasta aquí hemos intentado
hacer una breve semblanza de la relación entre los medios
de comunicación, en especial el cine y la televisión,
y los conflictos armados. Con lo expuesto aquí creemos que
debería despertarse una sana preocupación ciudadana
por el poder que otorgamos a los medios en la construcción
de nuestra realidad, en el día a día y también
en periodos de la gravedad de una guerra. Para aquellos que trabajamos
en educación la respuesta que nos queda es darnos y dar a
nuestros alumnos una formación crítica ante los medios
de comunicación, una Educación en Comunicación
que les permita posicionarse ante ellos como ciudadanos libres y
responsables, germen de una verdadera democracia. Esperamos que
este breve texto les sea de ayuda.
Fernando Tucho
es profesor en Medios de Comunicación en la UNED y socio
fundador de AIRE (Asociación de educomunicadores).
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