Anexo > "Cine de autor vs. cine comercial" por Pedro Luis Segovia
La palabra. Dreyer Al final de la escapada. Godard El espiritu de la colmena. Erice El espiritu de la colmena. Erice El surEl sol del membrillo. EriceKing Kong. Cooper y SchoedsackParque jurásico. SpielbergE.T. SpielbergIndiana Jones. SpielbergMonstruos S.A. Disney




¿Víctor o Steven? Hay que elegir a uno, pero ¿Y si yo admiro a los dos? Elegir entre cine comercial o cine de autor es un tópico. Los tópicos son entornos apacibles para comenzar un diálogo, o situar unas líneas de texto. Son lugares comunes, espacios de intercambio que diseñan dos mundos opuestos, para que tomar partido por uno u otro bando sea muy sencillo. Los tópicos existen porque nos permiten entablar un diálogo de forma ágil, rápida. Situemos nuestro punto de partida en el tópico más antiguo del mundo del cine: elegir entre cine industrial o cine intelectual, cine para el gran público o cine para minorías, cine americano o cine europeo. Para poder hablar muchas veces construimos espacios bien definidos, nos situamos en uno de ellos y lo defendemos contra viento y marea para sentirnos seguros: "me gusta el cine americano, y odio el cine europeo", o por el contrario "amo América sobre todas las cosas y para mí solo existe el cine americano". Así comienza una charla que la mayoría de las veces se convierte en un diálogo de sordos.

A mí me gusta el cine industrial porque es un cine que construye sus historias con estructuras muy cerradas (presentación, nudo y desenlace). Porque plantea unas cuestiones, y tras un recorrido más o menos accidentado, las resuelve. El especialista en guiones cinematográficos Syd Field define la estructura como una disposición lineal de incidentes, episodios o acontecimientos relacionados entre sí que conducen a una resolución dramática.

Lo que me seduce de muchas películas taquilleras es la importancia de su resolución, la forma en qué siempre se consigue que la película esté bien cerrada. Y no puedo dejar de disfrutar de esas películas abiertas, que insinúan caminos de reflexión y cierran sus historias con preguntas que abren mundos de inquietud en el espectador.

¡Admiro las películas de Steven Spielberg y me emociono con los films de Víctor Erice!. Esta aparente contradicción es una oposición aleatoria, subjetiva y personal con la que me identifico.

Todos tenemos una familia de referencia directa en nuestras vidas, todas las historias hablan de entornos familiares. Mi reflexión, la reflexión que me gustaría proponer, pasa por la observación de dos formas de entender una familia, de entender la relación entre los miembros de la célula familiar, entre padre e hijos. Esta dualidad está en dos películas excelentes: Parque Jurásico (Steven Spielberg) y El sur (Victor Erice). En el comienzo de la primera hay dos niños y los padres no están, en la segunda hay una niña y sus padres sí están en casa.

La transformación de la estructura familiar a lo largo y ancho de estas dos historias es totalmente opuesta: en Parque Jurásico no existe el padre pero las experiencias al borde de la muerte convierten a un humilde arqueólogo y su compañera en unos padres ideales, en los padres que defienden a sus hijos de los ataques recibidos en un entorno claramente hostil. Hay quien dice que las películas de Spielberg están plagadas de escenas donde los hijos buscan a los padres.

Por el contrario, en El sur, la estructura familiar que parte de una situación de equilibrio: hay un hogar cálido con un padre y una madre para finalizar en una situación de desequilibrio total con la muerte del padre. La hija comienza a enfrentarse a la vida en absoluta soledad.

Estas dos estructuras encontradas son oposiciones tópicas entre el cine comercial y el cine de autor. El cine para el gran público propone una situación de partida en la que la familia no existe y una situación de llegada resuelta con familia feliz. El cine intelectual parte de una situación de familia feliz para terminar negando la posibilidad de un hogar perfecto.

En Parque Jurásico dos niños, hijos de padres divorciados, y una pareja que no quiere tener hijos parten a recorrer un mundo desconocido, pasan juntos una tarde de primavera en un parque de atracciones. Una familia desestructurada, un grupo de personas solos. Una serie de situaciones peligrosas próximas a la muerte les hacen defenderse unidos. Esta lucha contra el entorno hostil les permiten darse cuenta de que ellos son la familia ideal, la de los libros, la de los cuentos que nos leían de niños, la de las películas de Disney. Al final es posible la familia. Donde no había nada, solo rechazo e incomprensión, todo se transforma, un intercambio de caricias y sonrisas en un helicóptero nos anuncia que la familia ideal existe y abandonamos de la sala caminando hacia un futuro esperanzador.

En El Sur, la casa familiar a las afueras de una ciudad de provincias nos presenta un entorno familiar cálido. Pero durante el transcurso de la historia nos muestra que existen dificultades en este entorno idílico. El pasado del padre emerge sobre el presente de una familia y esta comienza a desgarrarse. El padre va perdiendo su poder mágico y se convierte e un hombre terrenal, para abandonar esta vida de la forma más radical: el suicidio. La madre no aparece, y la niña comienza a sentir las angustias de la soledad. Llegamos al desenlace y justo al final todo son preguntas. Una película para un público minoritario, para unos espectadores que abandonamos la sala oscura con la cabeza llena de enigmas.

Dos miradas tópicas al mundo del celuloide: el cine con final feliz y cine con final abierto. ¿Tienen que terminar bien las películas o pueden dejar al espectador sumido en un mar de dudas? ¿Las palomitas y la Coca-cola tienen que sentar bien y no enturbiar el trabajo del estómago? ¿O por el contrario las películas deben remover las entrañas y llamar a coloquios posteriores?. Todos sabemos que si la película termina bien, con la familia unida, el próximo domingo se venden más entradas y se gana dinero. Por el contrario si la película termina mal, no resuelve todas las preguntas que plantea, el domingo siguiente no se venden cuatro entradas, y no habrá negocio.

Me gustan los dos finales. Hoy quiero que todo tenga un final feliz, porque hace sol y es primavera; y mañana, que lloverá, querré hacerme mil preguntas sobre mi vida y mi entorno. Y las dos películas me permiten este cambio, las dos historias son válidas y me han hecho disfrutar. Me siento agradecido a estos dos cineastas, porque me han emocionado: ¡Qué grande es el cine!, que diría mi amigo Garci. Cine de autor y cine comercial. Viva el tópico.

Pedro Luis Segovia es realizador de televisión y profesor de Realización audiovisual.