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¿Víctor o Steven?
Hay que elegir a uno, pero ¿Y si yo admiro a los dos? Elegir
entre cine comercial o cine de autor es un tópico. Los tópicos
son entornos apacibles para comenzar un diálogo, o situar
unas líneas de texto. Son lugares comunes, espacios de intercambio
que diseñan dos mundos opuestos, para que tomar partido por
uno u otro bando sea muy sencillo. Los tópicos existen porque
nos permiten entablar un diálogo de forma ágil, rápida.
Situemos nuestro punto de partida en el tópico más
antiguo del mundo del cine: elegir entre cine industrial o cine
intelectual, cine para el gran público o cine para minorías,
cine americano o cine europeo. Para poder hablar muchas veces construimos
espacios bien definidos, nos situamos en uno de ellos y lo defendemos
contra viento y marea para sentirnos seguros: "me gusta el
cine americano, y odio el cine europeo", o por el contrario
"amo América sobre todas las cosas y para mí
solo existe el cine americano". Así comienza una charla
que la mayoría de las veces se convierte en un diálogo
de sordos.
A mí me gusta el cine industrial
porque es un cine que construye sus historias con estructuras muy
cerradas (presentación, nudo y desenlace). Porque plantea
unas cuestiones, y tras un recorrido más o menos accidentado,
las resuelve. El especialista en guiones cinematográficos
Syd Field define la estructura como una disposición lineal
de incidentes, episodios o acontecimientos relacionados entre sí
que conducen a una resolución dramática.
Lo que me seduce de muchas películas
taquilleras es la importancia de su resolución, la forma
en qué siempre se consigue que la película esté
bien cerrada. Y no puedo dejar de disfrutar de esas películas
abiertas, que insinúan caminos de reflexión y cierran
sus historias con preguntas que abren mundos de inquietud en el
espectador.
¡Admiro las películas
de Steven Spielberg y me emociono con los films de Víctor
Erice!. Esta aparente contradicción es una oposición
aleatoria, subjetiva y personal con la que me identifico.
Todos tenemos una familia de referencia
directa en nuestras vidas, todas las historias hablan de entornos
familiares. Mi reflexión, la reflexión que me gustaría
proponer, pasa por la observación de dos formas de entender
una familia, de entender la relación entre los miembros de
la célula familiar, entre padre e hijos. Esta dualidad está
en dos películas excelentes: Parque Jurásico (Steven
Spielberg) y El sur (Victor Erice). En el comienzo de la primera
hay dos niños y los padres no están, en la segunda
hay una niña y sus padres sí están en casa.
La transformación de la estructura
familiar a lo largo y ancho de estas dos historias es totalmente
opuesta: en Parque Jurásico no existe el padre pero las experiencias
al borde de la muerte convierten a un humilde arqueólogo
y su compañera en unos padres ideales, en los padres que
defienden a sus hijos de los ataques recibidos en un entorno claramente
hostil. Hay quien dice que las películas de Spielberg están
plagadas de escenas donde los hijos buscan a los padres.
Por el contrario, en El sur, la estructura
familiar que parte de una situación de equilibrio: hay un
hogar cálido con un padre y una madre para finalizar en una
situación de desequilibrio total con la muerte del padre.
La hija comienza a enfrentarse a la vida en absoluta soledad.
Estas dos estructuras encontradas
son oposiciones tópicas entre el cine comercial y el cine
de autor. El cine para el gran público propone una situación
de partida en la que la familia no existe y una situación
de llegada resuelta con familia feliz. El cine intelectual parte
de una situación de familia feliz para terminar negando la
posibilidad de un hogar perfecto.
En Parque Jurásico dos niños,
hijos de padres divorciados, y una pareja que no quiere tener hijos
parten a recorrer un mundo desconocido, pasan juntos una tarde de
primavera en un parque de atracciones. Una familia desestructurada,
un grupo de personas solos. Una serie de situaciones peligrosas
próximas a la muerte les hacen defenderse unidos. Esta lucha
contra el entorno hostil les permiten darse cuenta de que ellos
son la familia ideal, la de los libros, la de los cuentos que nos
leían de niños, la de las películas de Disney.
Al final es posible la familia. Donde no había nada, solo
rechazo e incomprensión, todo se transforma, un intercambio
de caricias y sonrisas en un helicóptero nos anuncia que
la familia ideal existe y abandonamos de la sala caminando hacia
un futuro esperanzador.
En El Sur, la casa familiar a las
afueras de una ciudad de provincias nos presenta un entorno familiar
cálido. Pero durante el transcurso de la historia nos muestra
que existen dificultades en este entorno idílico. El pasado
del padre emerge sobre el presente de una familia y esta comienza
a desgarrarse. El padre va perdiendo su poder mágico y se
convierte e un hombre terrenal, para abandonar esta vida de la forma
más radical: el suicidio. La madre no aparece, y la niña
comienza a sentir las angustias de la soledad. Llegamos al desenlace
y justo al final todo son preguntas. Una película para un
público minoritario, para unos espectadores que abandonamos
la sala oscura con la cabeza llena de enigmas.
Dos miradas tópicas al mundo
del celuloide: el cine con final feliz y cine con final abierto.
¿Tienen que terminar bien las películas o pueden dejar
al espectador sumido en un mar de dudas? ¿Las palomitas y
la Coca-cola tienen que sentar bien y no enturbiar el trabajo del
estómago? ¿O por el contrario las películas
deben remover las entrañas y llamar a coloquios posteriores?.
Todos sabemos que si la película termina bien, con la familia
unida, el próximo domingo se venden más entradas y
se gana dinero. Por el contrario si la película termina mal,
no resuelve todas las preguntas que plantea, el domingo siguiente
no se venden cuatro entradas, y no habrá negocio.
Me gustan los dos finales. Hoy quiero
que todo tenga un final feliz, porque hace sol y es primavera; y
mañana, que lloverá, querré hacerme mil preguntas
sobre mi vida y mi entorno. Y las dos películas me permiten
este cambio, las dos historias son válidas y me han hecho
disfrutar. Me siento agradecido a estos dos cineastas, porque me
han emocionado: ¡Qué grande es el cine!, que diría
mi amigo Garci. Cine de autor y cine comercial. Viva el tópico.
Pedro Luis
Segovia es realizador de televisión y profesor de
Realización audiovisual.
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